Un giro más tras el “giro social”. El principio de la simetría en arqueología.

Timothy Webmoor (Cultural and Social Anthropology / MetaMedia Lab – Stanford University).

Introducción a una “Arqueología Simétrica”.

¿Qué es la arqueología simétrica y por qué es simétrica tal arqueología? En esta introducción al trabajo colectivo de un grupo heterogéneo de arqueólogos (Hicks 2005; Olsen 2003, 2005; Webmoor 2005; Witmore 2004), pretendo abordar brevemente estas dos cuestiones. No obstante, a lo largo del texto mi intención es que se haga evidente la existencia de una tercera cuestión que abarca a las otras dos y da consistencia a nuestra empresa: cómo es una arqueología simétrica. El cómo la arqueología simétrica permite reconfigurar una multitud de dualismos básicos – tales como pasado / presente, sujeto / objeto, significado / significante, representación / representado – nos servirá como planteamiento para abordar las cuestiones sobre el qué y el porqué.

Antes de nada es importante destacar los principales puntos que caracterizan la arqueología simétrica y fundamentalmente cómo aborda la relación entre personas y cosas. A partir de la Actor Network Theory (Callon 1997, Latour 1993, 1999 [1992], Law 1999), que surge – de modo no muy diferente a la arqueología anglo-americana contemporánea – de la discusión entre idealistas / constructivistas y realistas científicos, la arqueología simétrica emprende igualmente una recaracterización de esta ontología primordial. Este es nuestro punto de partida a la hora de repensar algunos de los otros dualismos que acabo de mencionar. Y si la arqueología es etimológicamente el “estudio de las cosas antiguas” por los contemporáneos, tal definición debería convertirse en un denominador común suficiente para unir, no dividir, todos nuestros intereses en arqueología.

Es necesario subrayar, en primer lugar, la relación entre personas y cosas como un elemento básico de la disciplina desde el comienzo, pues esta cuestión no sólo comprende la totalidad del campo de razonamiento arqueológico, sino que es precisamente en este supuesto objetivo común donde se produce una creciente fragmentación de la arqueología en una diversidad de campos intelectuales. Con la maduración de la disciplina, la roca madre sobre la que originalmente se asentaba la casa de la arqueología se ha fracturado de forma múltiple. Existe hoy día un abanico de teorías especializadas en arqueología – que se manifiestan en los diversos intereses de los readers y declaraciones teóricas, agrupados bajo las arqueologías procesuales y posprocesuales (p.ej. Hodder 2001, Meskell 2004, Preucel 1991, Preucel 1996, Tilley 1993, Ucko 1995, VanPool 2003). Es cierto que, como algunos historiadores de la arqueología (Trigger 1989) han señalado, nunca ha existido un corpus monolítico de intereses entre los arqueólogos. No obstante, hemos de tener en cuenta que la onda expansiva de la imagen post-Kuhniana de la investigación científica llegó a la arqueología precisamente en un momento en que ésta se encontraba – especialmente en los Estados Unidos y Gran Bretaña – tratando de construir una aproximación unificada al pasado. Debido a esta influencia post-Kuhniana, la mayor parte de los meta-comentaristas y teóricos de la arqueología, al compás de esta visión desunificada de la ciencia, han defendido, más que lamentado, la existencia de un creciente número de prácticas diversas en arqueología. La falta de unidad de estas prácticas parece encajar bien en la idea de los “estilos de razonamiento” de Ian Hacking (1987), quien afirma que cada estilo viene motivado por diferentes cuestiones y diferentes procesos de evaluación de proposiciones, lo cual constituye una prolongación de las divergentes metodologías y creencias teóricas.

No es mi intención atacar tales diferencias, puesto que una evaluación sincera del paisaje arqueológico contemporáneo debería ser suficiente para ponerlas de relieve – con puntos clave a destacar como las variadas prioridades pedagógicas en los programas de posgrado, las diversas prácticas de citación en las publicaciones, los temas de las propias publicaciones, los criterios de evaluación del rendimiento en la investigación y la enseñanza, etc. El porqué traigo a colación el hecho manido de la fragmentación de la arqueología se debe a que, pese a estar toda nuestra disciplina enraizada en la ecuación personas-cosas, ésta se ramifica rápidamente alejándose de su simiente original, a lo largo del espectro que se extiende entre las categorías supuestamente imposibles de mezclar que son las personas y las cosas. La arqueología simétrica rechaza la división entre personas y cosas, y, como su propio epíteto testimonia, opera en cambio a partir de la premisa de que humanos y cosas no pueden separarse artificialmente desde el principio, sino que deben tratarse en términos de igualdad.

Asimetría procesual.

Para poner de relieve el modo en que las personas-cosas se encuentran actualmente mediadas en las tradiciones de investigación, ofreceré unos pocos ejemplos de forma breve para ilustrar mi argumento. Podría parecer que las aproximaciones que se alinean más claramente con la arqueología procesual destacan las interacciones entre personas y cosas, particularmente porque ambas forman parte de los procesos deposicionales que constituyen el registro arqueológico recuperable por los arqueólogos. Así, en una reciente declaración programática de la behavioral archaeology (“arqueología conductual”), LaMotta y Schiffer (2001: 20) afirman que:

“Los arqueólogos conductuales definen la unidad básica de análisis precisamente como la interacción de uno o más individuos vivos con elementos del mundo material. Como una unidad de análisis, el comportamiento (behavior) incluye tanto gente como objetos”.

Un enfoque tan explícito sobre personas y objetos y su mutua implicación en los procesos de formación del registro no debería producir sorpresa, teniendo en cuenta que dentro de tal programa se encuentra el nacimiento de los “estudios de cultura material contemporánea”, que, en su reencarnación en el departamento de Antropología del University College London, pone un gran énfasis en la “co-constitución” de personas y objetos a través de procesos de objetivación hegelianos. La arqueología conductual nos ofrece un intento matizado y bien pensado por conseguir la igualdad en el estudio de personas y cosas, puesto que ambas son objeto de teorización a la hora de definir colectivamente el “comportamiento” (behavior) recuperable arqueológicamente. Esto distingue a la arqueología conductual de aproximaciones funcionalistas coetáneas, que enfatizan el papel de los condicionamientos externos y materiales – por lo general condiciones medioambientales – como determinantes del comportamiento humano. Los propios Schiffer y Lamotta subrayan esta diferencia:

“El enfoque analítico sobre los aspectos materiales y del organismo {organismal} del comportamiento distingue a la arqueología conductual de otras perspectivas teóricas fundadas sobre concepciones puramente orgánicas {organismal} del comportamiento” (ibid.).

En las publicaciones que se adscriben a la arqueología conductual, sin embargo, el énfasis de la explicación se centra directamente en desenmarañar a los humanos-en-sí-mismos de las cosas-en-sí-mismas, con la esperanza de cribar las variables extrañas, de tal modo que sea posible reconstruir los procesos de formación responsables del estado en que se encuentra el registro arqueológico. Y mientras estos procesos de formación giran en torno a acciones protagonizadas por el homólogo humano – acciones como “abandono”, “reuso”, “desecho”, etc. – el resultado final que tipifica tales estudios se manifiesta en las “historias de vida de los artefactos (o la arquitectura)” (Schiffer 1976: 46). A lo largo del espectro mencionado más arriba que abarca de las personas a las cosas, la arqueología conductual aborda admirablemente ambos polos considerándolos propios de la investigación arqueológica, pero al final se desvía hacia una posición basada únicamente en las cosas. Obviamente, se puede responder que este favorecimiento de las cosas es una consecuencia metodológica inevitable, debido a la realidad del registro arqueológico: los artefactos pueden recuperarse, mientras que su homólogo conductual, las personas vivas y en acción, no lo son. Según la arqueología conductual, las motivaciones de la gente del pasado – sus decisiones conductuales – deben inferirse a través de la delimitación de las transformaciones naturales (n-transforms), que son más fáciles de demostrar y permiten a su vez definir las transformaciones culturales (c-transforms) de las cosas.

Esto parece bastante de sentido común. Y a pesar del debate entre evolucionismo y arqueología conductual, la arqueología evolucionista toma un camino semejante respecto al espectro humanos-cosas. En principio, ambas personas y cosas se subsumen bajo la categoría analítica agregada del “fenotipo humano”. Con intención de aplicar la Selección Natural Darviniana, Leonard (2001: 72) explica que:

“los objetos de la arqueología han sido parte de organismos vivos. La conducta {behavior} y la tecnología son componentes del fenotipo humano”.

Al fusionar cosas y personas en lo que se postula como una novedosa tercera categoría ontológica, el “fenotipo”, que se ve afectado por las fuerzas de la selección natural, Dunnell y Leonard son capaces de explicar la visibilidad arqueológica y la variabilidad de las cosas a partir de su “éxito de reproducción” (replicative success) (Dunnell 1980; Leonar 2001: 73). Como la categoría ontológica que postulan incluye al mismo tiempo cosas y personas, la observación de la variabilidad de los artefactos en el registro lleva a la suposición de que las personas del pasado son los portadores de fenotipo, tal y como lo definen Dunnell y Leonard. Hay algo muy histórico-cultural en esta identificación directa entre lo visible y lo invisible. Y al igual que en las narraciones histórico-culturales, el resultado de tales estudios evolucionistas consiste en buena medida en diagramas de flujo y árboles genealógicos de la variabilidad de los artefactos (cf. Leonard 2001: 84-92). Una vez más, se privilegia el polo de las cosas a lo largo del espectro arqueológico (FIGURA 1), lo que refuerza no sólo la idea de distinción entre personas y cosas, sino el propio dualismo en sí. Condenada a un dualismo tan profundamente arraigado, la arqueología se ha desplazado a lo largo de todo el espectro entre personas y cosas.

La asimetría posprocesual – la canonización de lo social.

Esto se demuestra perfectamente en el subsiguiente giro posprocesual. Como reacción frente a las aproximaciones procesuales, la línea posprocesual fomentó la recuperación de las personas, incluso de individuos singulares, que, según se decía, habían sido minusvalorados o caracterizados de forma excesiva como meros epifenómenos de la comprensión arqueológica. En mi opinión, este olvido procesual de las personas se exageró con propósitos retóricos, como demuestran los principios del programa conductual a que nos hemos referido. Pero el cambio programático resultó tan drástico como enconada la discusión teórica. Básicamente, los primeros defensores del nuevo programa invirtieron la relación de personas-cosas en su enfoque teórico y en su método explicativo, dando prioridad al polo de la sociedad a expensas de las cosas en el espectro personas-cosas (FIGURA 2). A partir de la arqueología posprocesual, cuando se vinculan personas y cosas en el registro arqueológico, se le da prioridad a las cosas tan sólo por sus cualidades como portadoras de significados. Semejante paso puede verse como un antídoto frente al descuido procesual por la dimensión simbólica de la humanidad en el pasado y su capacidad de acción {agency}. Sin embargo, también respondía (aunque un poco tarde) a las críticas extra-disciplinarias post-Kuhnianas de la práctica científica, especialmente las desarrolladas en los ámbitos sociológicos del “programa fuerte” (strong programme) que surgieron a partir del esquema paradigmático de Kuhn con su reconocimiento de la inevitable influencia de los factores sociopolíticos en cualquier empresa científica.

La posición generalmente identificada como “constructivista social” aceleró el impulso de estas teorías. Para los estudios arqueológicos que se pueden incluir en este ámbito teórico, las cosas adquirieron una naturaleza maleable, modelada al capricho de los actores del pasado, que utilizaban las cosas para objetivar y manipular significados, y también por parte de los propios arqueólogos post-Kuhnianos en sus estrategias sociales y políticas del presente. Los posprocesuales anunciaron el final de la inocencia para la disciplina y para las cosas-en-sí-mismas. Como la oscilación del péndulo, este movimiento en arqueología resultó necesario y terapeútico por su crítica de la disciplina.

Los estudios de cultura material nos ofrecen un campo de estudio que se desarrolló a partir de (y a la vez que) buena parte del pensamiento posprocesual (p.ej. Buchli 2002; Miller 1987). No obstante, incluso aquí permanece “lo social” recalcitrante como una permanente ironía en un programa tan orientado al “materialismo”. Así, si bien este programa trae a primer plano el concepto de lo material como constitutivo de la cultura, al final los estudios de cultura material acaban situando la explicación dentro del reino de lo social, al utilizar modelos interpretativos de explicación – en particular el de la cultura material como texto (Olsen 2003). El resultado práctico de estos estudios consiste en envolver la materialidad – tanto las cosas del pasado como del mundo contemporáneo – en el campo social al considerarla un mero recipiente de significados adscritos por parte de la consciencia humana. Un claro ejemplo para los estudios de cultura material es la noción de capacidad de acción social {social agency} de las cosas defendida por Alfred Gell (especialmente Gell 1998). Gell reconoce que las cosas son activas, no pasivas espectadoras en la sociedad. Sin embargo, en su formulación teórica, las cosas sólo tienen capacidad de acción en tanto que se encuentran insertas dentro de la interacción humana. Las acciones de las cosas sólo tienen importancia en relación a la “capacidad de acción social”. Al final, tales relaciones entre personas y cosas continúan siendo asimétricas, puesto que son las personas, una vez más, las que constituyen la sociedad, a priori y por encima de todo lo demás, y las cosas sólo se incluyen como un factor a tener en cuenta post-facto, al afectar a la relación entre humanos.

Podemos decir que las tres aproximaciones en arqueología que se han mencionado continúan siendo fundamentalmente humanistas a la hora de relacionar personas y cosas. Es decir, al discutirse el papel más o menos fundamental de las cosas para la reconstrucción arqueológica de la cultura, la explicación en todas estas teorías privilegia o bien el polo de las cosas o o bien el polo de las personas en el espectro personas-cosas. El problema, desde una perspectiva simétrica, es que una asunción humanista corrompe el objetivo de la explicación antes de que la investigación haya siquiera empezado, al separar las cosas y las personas. Los “giros” {turns} resultantes en arqueología, o al menos los múltiples programas de investigación, cruzan este espectro de distinta manera, dependiendo de que componente se enfatice en la explicación. La arqueología simétrica considera que esta escisión inicial entre personas y cosas es poco útil y responsable de las grandes divergencias, o hiperpluralismo, de las aproximaciones que caracterizan la arqueología actual.

El creciente debate sobre la multivocalidad – o el imperativo ético de incorporar a los individuos afectados e interesados en la interpretación arqueológica – puede ser un elemento diagnóstico del futuro que espera a tales programas inconmensurables. Las aproximaciones multivocales se han desarrollado a partir de las llamadas de atención dentro de la propia disciplina, que exigen tener cuenta el contexto sociopolítico contemporáneo del trabajo arqueológico, así como a partir de mandatos legales externos e independientes. Estas aproximaciones colaboran a la desacreditación de dicotomías heredadas, como pasado-presente y objetividad-subjetividad. La influencia de concepciones neoliberales sobre la autonomía de los individuos y el estatus legal sirve para encadenar estas manifestaciones progresistas a un favoritismo humanista – lo que supone, nuevamente, una profunda división entre los principales temas que conciernen a la disciplina.

La proposición de simetría.

La arqueología simétrica no se presenta a sí misma como una teoría unificadora de la disciplina. La arqueología simétrica se ocupa específicamente de la recaracterización de los temas que son fundamentales en arqueología: excava bajo la dualidad de personas y cosas. La proposición que nos orienta es la siguiente: ¿qué pasaría si trataramos a las personas y a las cosas simétricamente? (FIGURA 3). Este cambio, que sería “un giro más después del giro social” (Latour 1999: 281), literalmente daría una vuelta de 90 grados a la dirección de la explicación, de modo que en vez de la naturaleza y la sociedad equilibrados sobre un eje horizontal, lo que encontramos es la naturaleza-sociedad como un complejo enredo de personas y cosas que no puede reducirse a partes y la explicación procede verticalmente del polo común naturaleza-sociedad. Este reposicionamiento post-humanista descentra a los humanos como seres autónomos e independientes, necesitados de conceptos explicativos diferentes, y admite el reconocimiento no-moderno (amoderno) de que las cosas son parte igualmente importante del ser.

¿Cuál es la justificación última para tratar a las personas-cosas, o a las naturalezas-culturas, de modo simétrico? Con el pensamiento moderno tales categorías se percibieron como algo separado por diferencias debidas a cualidades inherentes o esencias. La supuesta posesión de estas cualidades situaba a una entidad en una categoría o en otra. Primera de todas estas cualidades era la “intencionalidad” o “consciencia”. Puede parecer demasiado filosófico, pero tales supuestas esencias han dado como resultado a una serie de conceptos claves para la arqueología y basados en un razonamiento del tipo “o esto o aquello”. Así pues, si los humanos poseen intencionalidad, la naturaleza, como sustrato, carece de ella. De este modo, las discusiones sobre la capacidad de acción o el significado en arqueología se introducen, con este razonamiento, en el ámbito humanidad-sociedad; mientras que tiempo, medio ambiente u objetos, que carecen de intencionalidad se insertan en el de naturaleza-cosas. El problema, como se manifiesta claramente en las “trincheras” del estudio del uso (o no) de tales divisiones en la práctica científica, es que tales “esencias” se revelan indemostrables y se encuentran, además, frecuentemente mezcladas en la investigación real. Los mejores ejemplos vienen de la ciencia de la tecnología donde los objetivos y modelos de la investigación humana y las capacidades de los instrumentos crean áreas grises en las cuales ambos son responsables de una manera indisoluble de los resultados de la investigación.

Como ejemplo en arqueología, el Mapa Millon de Teotihuacán – un hito en las técnicas de prospección y cartografía arqueológica – se pretendía que fuese tan exhaustivo como la tecnología del momento (años sesenta) hacía posible. Sin embargo, el dibujo a mano, basado en el reconocimiento aéreo, tan sólo permitía una determinada resolución de imagen. La reciente construcción de un supermercado Walmart en el sector SW de la zona arqueológica reveló más estructuras bajo la superficie de las que el mapa era capaz de predecir con su tosca resolución ¿Se trataba de un fallo de las técnicas de cartografía disponibles, de omisiones o inexactitudes de los equipos de prospección? Nuevamente, ninguna de estas acusaciones es justa ¡muy al contrario! Es más razonable decir que se trataba del resultado de la unión, al mismo tiempo, de una particular instrumentación y unos objetivos de investigación. Y argumentos similares se han puesto de relieve incluso para la tecnología paleolítica, donde la composición lítica se fusiona con el resultado deseado por el tallador para producir particulares “tipos diagnósticos” de herramientas – de manera que una punta Folsom de cuarcita sería francamente rara ¿Dónde acaba la intencionalidad del investigador y comienza la capacidad material del instrumento? ¿Quién es más responsable de la estabilización temporal del resultado?

Al incorporar y desarrollar estas perspectivas provenientes de campos tan interdisciplinarios, los cuales han sufrido igualmente la polémica del constructivismo social frente al realismo científico, la arqueología simétrica defiende la necesidad de dejar en suspenso las cuestiones metafísicas (asumidas o explícitas) relativas a las “esencias”, la “intencionalidad”, el realismo frente al idealismo, etc. ¿Por qué? Porque al igual que los ejemplos de la “intencionalidad humana”, tales cuestiones, características de la investigación metafísica, continúan siendo indefinidas y conflictivas, lo que mueve el péndulo de la renovación teórica {ENGRASA LA PUERTA GIRATORIA DE LAS CONTINUAS VUELTAS TEÓRICAS}. En cambio, la aproximación simétrica mantiene las perspectivas de las arqueologías previas, al tiempo que deja de lado los callejones sin salida epistemológicos y que han llevado a rechazos tan radicales como prematuros. Como señalé al principio, con este artículo espero dejar de manifiesto la necesidad de recentrar, reenfocar y reconfigurar {SUMINISTRAR NUEVAS HERRAMIENTAS TEÓRICAS A} la arqueología como disciplina enraizada simétricamente en el estudio de las personas y las cosas.

Implicaciones de una práctica simétrica en arqueología.

Como indica el diagrama (FIGURA 3) este cambio analítico hace más complejo lo que antes se categorizaba como entidades separadas: ésta es la contrapartida a las divisiones analíticas tajantes. Así se reconfiguran también toda una serie de nociones subsidarias que consideraban pertenecientes exclusivamente a un polo o a otro, como práctica, capacidad de acción (agency), representación, cambio y tiempo. La práctica, más que entendida en los términos de la dialéctica de Pierre Bourdieu, en la que el individuo activo manipula estructuras que facilitan y constriñen al mismo tiempo la acción, se convierte en el objeto del éxito o del fracaso de conjuntos de personas y cosas (tanto instrumentos como objetos de investigación) a la hora de crear estabilidad. En arqueología, este lenguaje debería resultar razonablemente familiar: los “conjuntos” (assemblages) son un tipo taxonómico que caracteriza ciertos períodos de tiempo.

Por ejemplo, la cerámica naranja común se encuentra en Teotihuacán durante toda la ocupación del sitio (aprox. 100 a.C. – 600 d.C.). Más que distinguir estos objetos de la gente que los utilizó, una arqueología simétrica tratará a los teotihuacanos y a la cerámica naranja del período como algo inextricable – como un conjunto o colectivo. Para entender la práctica prehistórica ¿es útil distinguir a los usuarios de las omnipresentes cerámicas de las propias cerámicas? Con la proliferación de “cyborgs” (cf. Haraway 2003) a través de la historia, un ejemplo contemporáneo y políticamente relevante sería la discusión de Latour acerca de la Asociación Nacional del Rifle en Estados Unidos (el conservador adalid de los “derechos de las armas”): ¿es el arma en las manos de un individuo quien mata gente? ¿O es el individuo con un arma en la mano? Ninguna de las dos cuestiones, en términos simétricos, es correcta: es el conjunto, o “cyborg”, de arma + individuo el responsable del homicidio, una responsabilidad que no puede reducirse ni a la intención humana ni a la función mecánica. Es necesario que se dé este (terrible) colectivo para practicar el homicidio. Y por muy desafortunado que resulte, tal conjunto, de forma muy similar al del homínido con su tosco bifaz, se ha revelado muy estable a largo plazo.

Esta noción de práctica, que se centra en los colectivos estabilizadores compuestos de tecnología y personas, redistribuye la capacidad de acción (agency) de un modo más democrático: “democrático” porque es inclusivo, independiente del sesgo humanista. Por consiguiente, la “capacidad de acción material” (p.ej. Pickering 1995) de las cosas debe considerarse asimismo como parte general de la acción. De hecho, debido a la inserción del concepto de “capacidad de acción” {agency} en el pensamiento humanista, “acción” {action} sería un término preferible para descentrar la idea de los humanos como centro de la acción en general. En el ejemplo mencionado más arriba, una vez que el conjunto de homínido + herramienta se estabilizó, referirse a la capacidad de acción de los humanos como si actuaran sin prótesis tecnológicas sería una descripción parcial. Las cosas (bifaces, armas, microscopios de electrones) deben recibir su propio crédito. Si bien el reconocer acción a las cosas puede inicialmente sorprender como antropomorfismo o incluso fetichización (en el sentido de Marx), es más apropiado pensar en la “des-fetichización” de los humanos, que dejan así de ser seres misteriosos y autónomos, dados por hecho y separados de sus “relaciones de producción” con las cosas.

En cambio, el prestar atención a las mezclas de cosas-personas elimina el peso de la representación heredado del pensamiento platónico y cartesiano y reificado en la filosofía de la ciencia anglo-americana. Concebida en la filosofía realista e idealista como una brecha entre la palabra y el mundo, o la mente y la realidad, se consideraba que la representación científica tenía que cubrir tal brecha haciendo coincidir la representación con las cosas del mundo, lo que a su vez justificaba las afirmaciones de verdad como correspondencia con la realidad (FIGURA 4). Como heredera de semejante teoría del conocimiento, la arqueología no es una excepción en el campo científico. De hecho, la arqueología se basa en un grado excepcional en las representaciones que produce – mapas, planos, perfiles estratigráficos, fotografía – como testigos inmortales de un pasado que se “destruye” para su renacimiento como representación (FIGURA 5). Con el fracaso de las teorías de la correspondencia, muy especialmente el programa lógico-positivista de las ciencias, la arqueología se ha ido fragmentado más y más en “campos intelectuales”, debido a la resultante dispersión epistémica: algunos practican una versión probabilística-estadística aguada de la verificación, otros han acudido a la justificación mediante las teorías de la coherencia, otros hacia la falsificación de Popper, y muchos, si no todos, de los posprocesuales han adoptado una hermenéutica basada en una espiral de preguntas y respuestas para la justificación de la correspondencia epistémica – en caso de que todavía presten alguna atención a la evaluación de las afirmaciones científicas.

¿Qué sucede cuando no se da por supuesto una escisión entre personas y cosas? Popper y Kuhn reconocieron la incapacidad de los positivistas hempelianos de ofrecer una forma segura de “enganchar el mundo” a la representación, y en consecuencia desviaron su atención del contexto de justificación de las afirmaciones al contexto del descubrimiento. A partir de sus consejos, los estudios de la ciencia, que emergieron de las “guerras de la ciencia” de los años ochenta y noventa, se detuvieron a observar la práctica de los científicos y anunciaron que no había una “brecha” (gap) entre los científicos (los arqueólogos) y su objeto de estudio. Según los estudios de la ciencia, ambos se encuentran involucrados en continuas relaciones que movilizan gente (científicos, políticos, testigos) y cosas (instrumentos, objetos) para estabilizar ciertos fenómenos temporalmente con el propósito de justificar determinadas afirmaciones. Esta aproximación pragmática a la justificación enfatiza la mediación, que es co-activa y continua (FIGURA 6). La mediación (re)equilibra las reivindicaciones de conocimiento del mundo al excavar bajo la representación tal y como se entiende convencionalmente. Al mismo tiempo, proporciona una ontología de la co-creación de las personas-cosas y una epistemología libre de las trabas que trae consigo la brecha sujeto-mundo (ese irresoluble callejón sin salida).

Finalmente el cambio y el tiempo son otros de los elementos definitorios de la arqueología. Pero si mezclamos personas y cosas ¿cuáles son las implicaciones que esto tiene respecto al “contenedor” de su acción, es decir, el tiempo? Como arqueólogos, sabemos de primera mano que las cosas del pasado permanecen hoy en día como ruinas, como residuos de lo que existió antes. Cuando nos paramos a pensar simétricamente, resulta que estamos continuamente mezclados con cosas: somos cyborgs con teléfonos móviles, coches y otros elementos tecnológicos. Sin embargo, como nos hace ver nuestra sensibilidad arqueológica, nos encontramos igualmente mezclados con cosas del pasado: los automóviles son conjuntos de tecnología reciente y de la Edad de Piedra (el diseño de las primeras ruedas), los teléfonos móviles y los ordenadores incorporan el descubrimiento inicial y el aprovechamiento del silicio, y de forma más mundana, como nos recuerdan los florecientes estudios sobre el patrimonio, las ruinas y los monumentos del pasado actúan sobre nosotros cada día dirigiendo el tráfico en torno a obeliscos egipcios, alterando la ciudad y el crecimiento de los suburbios, transformando nuestras economías hacia el arqueo-turismo, o creando conflictos territoriales o religiosos en torno a santuarios hindu-islámicos.

Desde una perspectiva simétrica, el pasado está con nosotros cada día, actúa sobre nosotros y pone en tela de juicio nuestra reivindicación de liberación humanista y moderna respecto a los mundos incivilizados de las cosas y del pasado. La arqueología simétrica, muy afín a la posición del tercer partido en las situaciones de bipartidismo político, o al movimiento ecologista, exige una reforma radical a partir de un programa impopular, con el objetivo de reconocer un papel igual a las cosas en nuestro futuro colectivo. Exigir menos que esto, como el confiado neoliberalismo que coloca a los humanos en el centro de todas las preocupaciones y acciones, conlleva el riesgo de una ecología parcial e insostenible. La arqueología, la disciplina de las cosas y de la visión a largo plazo por antonomasia, está llamada a realizar una importante aporte a la comprensión de un futuro progresista e inclusivo.

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Agradecimientos

Gracias a los arqueólogos Alfredo Gonzalez-Ruibal y Christopher Witmore

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